
Aquella sombra se perdía en la lejana bruma. Lo sabía, sabía que ella nunca volvería a pisar jamás estas tierras sin nombre. La última mirada de sus ojos me lo gritó al partir. Estas montañas grises de amaneceres fríos eran un lar extraño para una criatura como aquella, y los silbidos del viento anunciaban de una pronta nevada aquella misma noche. Una nieve como su piel; blanca sin ser mortecina, suave, atípica por esos tiempos. Pero este es un paisaje siniestro, tan oscuro como el porvenir que lo aguardaba. Y en aquellos días, la insistente niebla cubrió los silenciosos y tétricos páramos de sombras; parecían aguardar la espera de su retorno.
Y continuó nevando durante dos días y dos noches, imparable, los copos de nieve resbalaban por los tejados como sinfonía de cristal ahogada por el humo que desprendían las chimeneas de aquellos hogares de corazones gélidos,
Era un gran universo blanco; parecía hasta puro, parecía transparente; y el agua del lago se había congelado por completo.
El espejo, más profundo de lo que en verdad parecía, donde normalmente unos ojos de hielo frecuentaban con habitualidad su superficie.
Pero ella ya no era aquella niña que se asustaba de ver su propio rostro atrapado en el agua helada, ella no era aquel recuerdo, y lo era todo, al mismo tiempo.
Pero aquella noche, no volvieron a verse sus pupilas en el agua. ¿Dónde estuvo ella entonces? Espera; quieres correr demasiado. Léeme dos veces, y abre bien los oídos; éste no es ningún cuento cualquiera.
La historia que voy a contarte, será la última…
Y continuó nevando durante dos días y dos noches, imparable, los copos de nieve resbalaban por los tejados como sinfonía de cristal ahogada por el humo que desprendían las chimeneas de aquellos hogares de corazones gélidos,
Era un gran universo blanco; parecía hasta puro, parecía transparente; y el agua del lago se había congelado por completo.
El espejo, más profundo de lo que en verdad parecía, donde normalmente unos ojos de hielo frecuentaban con habitualidad su superficie.
Pero ella ya no era aquella niña que se asustaba de ver su propio rostro atrapado en el agua helada, ella no era aquel recuerdo, y lo era todo, al mismo tiempo.
Pero aquella noche, no volvieron a verse sus pupilas en el agua. ¿Dónde estuvo ella entonces? Espera; quieres correr demasiado. Léeme dos veces, y abre bien los oídos; éste no es ningún cuento cualquiera.
La historia que voy a contarte, será la última…
Por Patricia S. Buendía©


